sábado, 17 de julio de 2010

El mercader de Venecia - William Shakespeare


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BASSANIO.- Así puede suceder que el exterior de las cosas nos engañe. El mundo vive engañado por su ornamento. En la corte, ¿qué causa tan despreciable y corrupta existe que, siendo tamizada por una voz gentil, no pueda ocultar su esencia maligna? En la religión, ¿qué maldito error, que un personaje digno no pueda bendecir y aprobar con un texto, escondiendo su gravedad bajo un bello ornamento? No hay ningún vicio tan simple que no muestre alguna señal de virtud en su exterior. ¿Cuántos cobardes, de corazones tan falsos como escaleras de arena, llevan sobre sus caras las barbas de Hércules y la ira de Marte, y luego en su interior se hallan hígados blancos como la leche? Y éstos no asumen más que excrementos del valor para darse una apariencia temible... Contemplad la belleza, veréis que puede comprarse al peso y que obra un milagro de la naturaleza pues hace más ligeras a aquellas que llevan la mayor parte: así son esos bucles dorados serpenteantes, que caprichosos juguetean con el viento, sobre dudosas bellezas, que a menudo no son sino heredad de otra cabeza, estando ya en el sepulcro la calavera que los sustentó... Así el ornamento no es más que la orilla engañosa de un már más peligroso; el bello velo que oculta una belleza india; en una palabra, la aparente verdad que los astutos tiempos asumen para entrampar a los más sabios... Así pues, de ti, llamativo oro alimento de Midas, no quiero saber nada. Ni tampoco de ti, pálido y vulgar agente entre hombre y hombre; pero tú, tú vil plomo, que más amenazas que prometes, tu sencillez me mueve más que tu elocuencia, y así te elijo: ¡que el contenido sea la consecuencia!."

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