martes, 25 de agosto de 2009

Demian - Herman Hesse

"Empezaba noviembre. Desde tiempo atrás, había adquirido la costumbre de dar todos los días un largo paseo, hiciese el tiempo que hiciese, y en estos paseos pensativos gozaba a veces una felicidad singular, una felicidad llena de melancolía, de desprecio al Mundo y a mí mismo. En esta disposición de ánimo vagaba, pues, un atardecer, a través de la húmeda penumbra, por los alrededores de la ciudad. La amplia avenida de un parque público me invitaba, desierta. El suelo desaparecía bajo una espesa capa de hojas muertas, en la que hundía mis pies con una oscura voluptuosidad. Olía húmedo y amargo. Los árboles lejanos surgían espectrales y sombrías de entre la niebla. Al final de la avenida me detuve indeciso, fija la vista en la negra hojarasca, y aspiré con ansia aquel mojado aroma declinante, vida mustia y marchita, sitiendo dentro de mí algo que le saludaba y respondía. La vida no sabía a nada."

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